Vuela esta canción, para ti, Lucía

Publicado por Carmen Porras | 1:47 | | 0 comentarios »

No hay nada más bello, que lo que nunca he tenido….


¿Qué tendremos las personas con el amor que inevitablemente lo unimos a cualquier otra cosa que nos sucede?


Son las diez de la noche y Lucía decide salir a la calle para tirar la basura. Podría hacerlo mañana por la mañana cuando salga para ir a su trabajo pero entiende que le viene bien salir y que le de un poco el aire. Lleva más de siete horas delante de su portátil intentando terminar de perfilar la traducción del libro que la editorial espera para esta semana.

Es Agosto y hace un calor de muerte. Lleva un blusón rosa holgado que permite adivinar su bonito contorno. Sólo una cicatriz que algún amante ha podido descubrir en algún juego íntimo y cierto vacío en sus pechos delatan que alguna vez fue madre. Se levanta de su silla y estira sus brazos para desentumecerlos de la postura fija de las últimas horas. Bosteza. Da unos pasos hasta su cuarto de baño – su sueldo sólo le permite pagar el alquiler de un modesto apartamento – y se calza unas chanclas rosas mientras se mira al espejo. Está sola.

Lucía recuerda una infancia feliz con sus hermanos y unos padres cariñosos aunque exigentes con su educación. Recuerda muchas horas de verano jugando a la comba, a la goma, al escondite inglés y a darle vueltas y vueltas a un aro en una cintura de avispa que, durante esos años y más tarde, continuaría trabajando con el ballet.


La adolescencia de Lucía está marcada por la irrefrenable necesidad de parar el tiempo y perder la cuenta de cómo su cuerpo se define y quiere salir y desarrollarse y ser independiente de ella misma… de ella que quiere seguir siendo la princesa de cualquier cuento de Disney… sólo cuando fue tarde; cuando ya fue una mujer con todas las letras, fue consciente de que nunca quiso ser mayor.

Con doce años, Oscar, el vecino de enfrente, le había dado la mano al pasear y, en un banco de su barrio, le besó en los labios. Ahí empezó su larga cadena de “primeras veces” que algunas por fortuna y otras pocas porque la vida no siempre juega limpio, tuvo que superar.

  • 1985 – Lucía despierta una mañana y su madre con lágrimas en unos ojos que no podían estar más hinchados le explica que papá no va a volver más porque se ha ido a descansar lejos donde las montañas tocan casi con el cielo….
  • 1987 – Lucía cumple 15 años y mamá prepara una fiesta de cumpleaños de esas donde los asistentes mezclan la fanta con la coca-cola y mojan patatas fritas… todos terminan comiendo tarta de merengue y Lola, que es la más atrevida de las amigas de Lucía, le presenta a un chico de su barrio quien, ya de noche y en medio de una conversación de confidencias, le da el primer beso de tornillo a Lucía que le provoca una imprevisible sensación de asco…
  • 1990 - ¡Qué guapo es Emilio! Tras algún tiempo de relación, deciden irse juntos a la cama y Lucía descubre que en las peliculas americanas todo parece mucho más fácil… lo cierto es que la suma de ganas + pasión + nervios + ternura dan como resultado a Lucía y a Emilio abrazados mirando al techo sin saber qué hacer ni qué decir ya que en su caso la realidad nunca superó a la ficción…
  • 1991-1998 – Lucía sobrevive a Oscar, Paco, Miguel y otros hombres más que pasaron por su vida sin deshacer nunca la maleta.


Sobrevivió a


- a la falta de sensibilidad
- a la eterna cobardía del género humano
- a los portazos sin decir adios
- al sexo sin caricias
- a la negra mano de las drogas

A la vez, Lucía aprendió a

- determinar su marco y sus límites
- definirse social y políticamente
- que, a veces, lo único rosa de la vida era su blusón
- encontrar su camino y su vocación
- entender que el amor y la amistad no van ligados
- decir que no y, otras veces, decidir decir que sí
- aceptarse a sí misma


Lucía crecía y crecía creyendo, como en la canción, que todavía lo más bello no había venido…

Tras tirar la basura en el contenedor, decidió entrar al bar de enfrente a comprar tabaco. Solía tener siempre un remanente en casa pues el tabaco es a la soledad como las flores a los jardines o como la luz al sol… pero en las últimas siete horas frente a su ordenador había multiplicado exponencialmente su consumo del día y se encontró de repente sin cigarrillos. Quizá también fuera esa una de las causas que le hicieran decidir salir a la calle para abastecerse ya que si no, se creía muy capaz de enrollar un folio y encenderselo…

Pulsó Marlboro, recogió los diez céntimos de sobra y tras “su tabaco, gracias” dió media vuelta para salir del bar. Tropezó al girarse con un hombre moreno y alto. Quizá no fuese tan alto pero a Lucía así se lo pareció. Le gustó la cara de sorpresa que puso él y se le encongió un poco el corazón. A sus treinta y tantos años ya bien sabía ella que la definición de su inmediata capacidad para ver la realidad a su manera , habitualmente se llamaba amor…

Se llamaba Javier. Se había quedado sin tabaco y había estado dando un par de vueltas a la manzana buscando una bar donde aplacar su dependencia. Era un hombre muy moreno de piel y pelo. De estos hombres que de tan morenos irradian una total masculinidad. Llenaba unos vaqueros sin cinturón que terminaban en unas zapatillas de deporte un poco gastadas y una camiseta comprada en algún concierto de George Brassens muy lavada ya. Siempre una se imagina al Príncipe Azul perfectamente ataviado; de corte impoluto y destello de brillo en la sonrisa y, sin embargo, las grandes pasiones vienen normalmente a la vida de una vestidas de casual.

Sería fantástico transcribir las diez o doce frases que se cruzaron cargadas de un ingenio totalmente imprevisto pero no creo que nadie – y humildemente mucho menos quien suscribe – pudiera describir el fabuloso diálogo de miradas y gestos que se cruzaron.

Desde luego sin explicación para Lucía y guiada por su yo más animal, a la media hora se encontró en su habitación amando a Javier, como digo, con su “yo más animal”.

Lo que se sucedió en las siguientes horas probablemente se imagina por el desorden de aquel dormitorio y por unos brazos entrelazados que dormían absolutamente ajenos al mundo.

El resto de los días y noches que se sucedieron hasta años más tarde Lucía los explicaría siempre con una metáfora de las Metamorfosis de Ovidio: “En el principio de los tiempos reinaba el caos, una masa uniforme y desordenada y el aire, la tierra y el mar estaban mezclados y de ahí, surgió el cosmos y todo el universo tuvo órden y concierto”.

Para Javier, a partir de entonces siempre encontró momentos para cantarle a Lucía al oído….

Si alguna vez amé, si algún día, después de amar, amé… fue por tu amor, Lucía…

Lucía….

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