Remedios La Bella

Publicado por Carmen Porras | 23:56 | | 0 comentarios »

"Te lo digo una vez más: voy a intentar olvidarme de tí lo más rápidamente posible…."

Y diciendo ésto, aunque le temblaban las piernas, comenzó a caminar con toda la dignidad que pudo y se dirigió hacia su coche que estaba aparcado a unos metros dejando atrás a quien ya le costaba reconocer.
Afortunadamente, pensó, llevaba la llave del coche en la mano y no tendría que intentar dar con ella entre las mil cosas que habitualmente llevaba en el bolso. Estaba segura de que le hubiera costado mucho encontrarlas y le horrorizaba la idea de que él pudiera seguir allí de pie mirando cómo se alejaba y dándose cuenta de su nerviosismo por no poder encontrarlas… qué cierta aquella frase de que el orgullo es el camino de la ignorancia.

Abrió el coche, subió, encendió un cigarro y, metiendo primera, se alejó de aquel lugar intentando no mirar atrás. Cualquiera diría que ese no mirar atrás tenía un sentido más metafórico y abarcaba un montón más de ideas y vivencias.

Sí. Se sentía dejada. Abandonada. Ya se sabe; ese sentimiento que aparece en algunos momentos de las vidas de todos cuando el desamor se presenta en tu casa un día sin avisar y pretende quedarse por algún tiempo. Claro: nadie llamaría al desamor para invitarle a cenar, supongo, y éste sobrelleva su difícil existencia sabiendo que su presencia no es nunca bienvenida aunque a veces es necesaria.

María finalmente sobrevivió a las primeras decenas de horas sin él y, mientras una mañana se miraba en el espejo al cepillarse los dientes, volvió a encontrase en el fondo de la imagen con su querida autoestima.

- Vaya! Te encuentro un poco desmejorada pero me alegro de verte de nuevo…. – a María le salió del corazón.
- Y yo también. Estaba empezando a pensar que ibas a cometer la locura de pasar de mi definitivamente… - dijo la autoestima sacando su habitual ego – creo que deberías aceptar que me volviera a quedar de nuevo contigo…. ¿cómo lo ves?
- Sí, creo que te necesito…- salieron las palabras de la boca de María cómo por decisión propia casi sin pensarlas – pero creo también que necesito algo de tiempo para acostumbrarme… no estoy siendo la alegría de la huerta, ¿sabes?
- Ya… ya te veo. Por eso estoy de vuelta… y no pienso irme.

María dejó a su autoestima instalarse y poco a poco notó como ésta se iba poniendo a sus anchas. Al fin y al cabo siempre había estado allí. Terminó de acicalarse y dejando la puerta cerrada tras de sí, bajó las escaleras y salió a la calle. Era Agosto y hacía un sol estupendo. Pensó que no hay nada mejor que un buen rayo de sol en la cara para aclarar las ideas. Se sintió algo feliz y decidió que quizás su autestima empezaba otra vez a darle energía y a recordarle la cantidad de cualidades positivas que tenía y estuvo agradecida por ello.

Volvió a recordar a Remedios La Bella, ese personaje que residía en el Macondo de Cien Años de Soledad y que ella recordaba siempre como una mujer bellísima y extraña, elemental y pura, que siempre vivía en ese mundo que parecía alejado de la vida real… así se había sentido siempre ella.

Cualquier hombre de Macondo sabía que bien valía dar la vida por una noche de amor con ella pero lo cierto es que ninguno hizo nunca esfuerzos por conseguirlo…quizá por su perturbadora y extraña presencia.. quien sabe… lo cierto es que algo tan simple y primitivo como el amor hubiera bastado para rendirla, pero eso no se le ocurrió a nadie.

Tras este pensamiento, unido a su repentina inyección de autoestima, empezó a darse cuenta de que continuar vegetando la vida y llenarla de momentos sin ilusiones y sueños, como había estado haciendo en los últimos días, no le ayudaba en nada y pensó que ella era mucha mujer como para permitirse seguir actuando así.

En los siguientes días, permitió que otros de los amigos que siempre habían estado con ella, llegasen a casa y se fuesen instalando tal y como hizo la autoestima.

Llegó en primer lugar la imaginación con una maleta llena de colores; apareció la creatividad que los tomó sin perdir permiso y volvió a colorear los días de María; a continuación llamaron a su puerta la ilusión y las ganas que venían juntas y llenaron de flores su casa y, last but not least, se instaló el muy serio y exigente compromiso que, metiendo a todos los demás en el corazón de María tras expulsar de allí a la terca tristeza, le puso la condición de que nunca jamás volviera dejar salir a ninguno de ellos.

Sabía que en su vida probablemente volvería a pasar por situaciones similares – ¡ porque hay cosas que uno jamás aprende ! - pero decidió que seguiría esperando a esa persona que , en aras de la valentía, se atreviera a dar con ella ese paso simple y primitivo que es el amor.

Por supuesto, jamás logró olvidarse de él.

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